SB 5.2

Este capítulo trata de la personalidad de Mahārāja Āgnīdhra. Cuando Mahārāja Priyavrata se marchó en busca de la iluminación espiritual, su hijo Āgnīdhra, siguiendo sus instrucciones, pasó a ser el gobernador de Jambūdvīpa, y mantuvo a sus súbditos con el afecto que un padre siente por sus hijos. Deseando tener un hijo, Mahārāja Āgnīdhra se recluyó en una cueva de la montaña Mandara para practicar austeridades. El Señor Brahmā comprendió su deseo y envió a la ermita de Āgnīdhra a Pūrvacitti, una muchacha celestial. Vestida de un modo muy atractivo, la muchacha se presentó ante él moviéndose de una forma muy femenina, y Āgnīdhra, de un modo natural, se sintió atraído por ella. Las acciones de la muchacha, sus expresiones, su sonrisa, sus dulces palabras y sus ojos inquietos le fascinaron. Āgnīdhra era un gran adulador, y de ese modo atrajo a la muchacha celestial, que se sintió complacida de aceptarle por esposo debido a sus melifluas palabras. La muchacha disfrutó con Āgnīdhra de la felicidad del reino durante muchos años, y luego regresó a su morada en los planetas celestiales. En su vientre Āgnīdhra engendró nueve hijos: Nābhi, Kiṁpuruṣa, Harivarṣa, Ilāvṛta, Ramyaka, Hiraṇmaya, Kuru, Bhadrāśva y Ketumāla, a quienes dio nueve islas que llevaban sus mismos nombres. Āgnīdhra, sin embargo, con los sentidos insatisfechos, estaba siempre pensando en su celestial esposa, y debido a ello en su siguiente vida nació en el planeta celestial de Pūrvacitti. Tras su muerte, sus nueve hijos se casaron con nueve hijas de Meru, que se llamaban Merudevī, Pratirūpā, Ugradaṁṣṭrī, Latā, Ramyā, Śyāmā, Nārī, Bhadrā y Devavīti.

SB 5.2.1 Śrī Śukadeva Gosvāmī continuó: Después de que su padre, Mahārāja Priyavrata, partiera para someterse a austeridades y de este modo seguir el sendero de la vida espiritual, el rey Āgnīdhra obedeció su orden de principio a fin. Siguió estrictamente los principios de la religión, y brindó plena protección a los habitantes de Jambūdvīpa, como si de sus propios hijos se tratara.
SB 5.2.2 Con el deseo de tener un hijo perfecto y ser un habitante de Pitṛloka, Mahārāja Āgnīdhra en cierta ocasión adoró al Señor Brahmā, que es el señor de quienes tienen a su cargo la creación material. Se retiró a un valle de la montaña Mandara, donde van a pasear las doncellas de los planetas celestiales, y después de recoger flores de jardín y otros artículos necesarios, se ocupó en rigurosas austeridades y en prácticas de adoración.
SB 5.2.3 El Señor Brahmā, que es el primer ser creado, la persona más poderosa del universo, comprendiendo el deseo del rey Āgnīdhra, seleccionó a la mejor de las bailarinas de su corte, Pūrvacitti, y se la envió al rey.
SB 5.2.4 La apsāra que el Señor Brahmā había enviado se puso a pasear por un hermoso parque cercano al lugar en que el rey estaba meditando y adorando. El parque era muy hermoso debido a la espesa y verde vegetación, adornada con doradas enredaderas. Había pavos reales y parejas de aves de diversos tipos, y en un lago había patos y cisnes; todos ellos emitían sonidos muy dulces. La vegetación, la claridad de las aguas, las flores de loto y el dulce canto de aves de distintas especies hacían del parque un lugar maravilloso.
SB 5.2.5 Pūrvacitti se paseaba por el camino andando con su garbo y su hermosura característicos; los agradables adornos de sus tobillos tintineaban con cada uno de sus pasos. El príncipe Āgnīdhra, a pesar de que estaba controlando los sentidos, practicando yoga con los ojos medio cerrados, pudo ver a la muchacha con sus ojos de loto, y cuando escuchó el dulce tintín de sus ajorcas, abrió los ojos un poquito más y vio que estaba cerca de él.
SB 5.2.6 Como una abeja, la apsarā iba oliendo las flores, hermosas y atractivas. Con la gracia de sus movimientos, su timidez, su humildad, sus miradas, los muy agradables sonidos que emanaban de su boca al hablar, y el movimiento de sus miembros, podía atraer las mentes y la vista tanto de los humanos como de los semidioses. Con todas esas cualidades, abría a Cupido, que lleva una flecha de flores, un sendero para entrar en las mentes de los hombres a través de la recepción auditiva. Cuando hablaba, de su boca parecía salir néctar. Las abejas, enloquecidas con el sabor de su aliento, revoloteaban en torno a sus hermosos ojos de loto. Ella, ante esa molestia, trataba de moverse rápidamente, pero al levantar los pies dándose prisa, sus cabellos, el cinturón que rodeaba sus caderas, y sus senos, que eran como cántaros de agua, también se movían; todo ello le daba un aspecto extraordinariamente hermoso y atractivo. Verdaderamente, parecía estar abriendo un camino para la entrada de Cupido, que es muy poderoso. El príncipe, fascinado por completo al verla, le habló con las siguientes palabras.
SB 5.2.7 El príncipe, sin comprender la verdadera identidad de la apsarā, se dirigió a ella con las siguientes palabras: ¡Oh, tú, la mejor de las personas santas!, ¿quién eres?; ¿qué has venido a hacer a esta montaña? ¿Eres una de las potencias ilusorias de la Suprema Personalidad de Dios? Según parece, llevas dos arcos sin cuerda. ¿Por qué razón? ¿Son para ti, o para un amigo? ¿Son tal vez para matar a los enloquecidos animales de este bosque?
SB 5.2.8 Āgnīdhra observó entonces la mirada de los ojos de Pūrvacitti y dijo: Mi querido amigo, tienes dos flechas muy poderosas: las miradas de tus ojos. Y las plumas de esas flechas son como los pétalos de una flor de loto. Aunque no tienen asta, son muy hermosas, y sus puntas son muy agudas y afiladas. Tienen un aspecto muy pacífico; por eso, parece que no se van a disparar contra nadie. Parece que vagas por el bosque para disparar esas flechas a alguien, pero no puedo saber a quién. Mi inteligencia es muy pobre, y no puedo enfrentarme contigo. En verdad, nadie puede igualar tu poder. Por eso te pido que hagas de ese poderío tuyo mi buena fortuna.
SB 5.2.9 Al ver a los abejorros que seguían a Pūrvacitti, Mahārāja Āgnīdhra dijo: Mi querido señor, los abejorros que rodean tu cuerpo son como discípulos alrededor de tu adorable persona. Cantan sin cesar los mantras del Sāma Veda y los Upaniṣads, ofreciéndote oraciones. Tal como los grandes sabios recurren a las ramas de las Escrituras védicas, esos abejorros disfrutan de las lluvias de flores que se desprenden de tus cabellos.
SB 5.2.10 ¡Oh, brāhmaṇa!, solamente escucho el tintineo de las campanitas de tus tobillos. Es como si en ellas hubiera pájaros tittiri intercambiando trinos y gorjeos. Aunque no veo sus cuerpos, puedo escuchar sus trinos. Y cuando miro tus hermosas y redondeadas caderas, veo que tienen el delicioso color de las flores kadamba, y que tu talle está ceñido con un cinturón de brasas incandescentes. Lo cierto es que parece que hubieras olvidado vestirte.
SB 5.2.11 Āgnīdhra alabó entonces los erguidos pechos de Pūrvacitti. Le dijo: Mi querido brāhmaṇa, como tienes la cintura muy delgada, te cuesta mucho cargar con esos dos cuernos que con tanto cuidado llevas y que han cautivado la atención de mis ojos. ¿De qué están llenos esos hermosos cuernos? Según parece, los has perfumado con un polvo rojo muy fragante, que es como el Sol del alba. ¡Oh, afortunado!, permíteme preguntarte dónde has conseguido ese polvo fragante que está perfumando mi āśrama, el lugar en que yo vivo.
SB 5.2.12 ¡Oh, gran amigo!, ¿podrías mostrarme dónde vives? No puedo imaginar cómo han podido obtener los habitantes de ese lugar unos rasgos corporales tan maravillosos como tus erguidos senos, que agitan la mente y los ojos de la persona que, como yo, repara en ellos. A juzgar por las dulces palabras y las amables sonrisas de los habitantes de esos lugares, creo que sus bocas deben de contener néctar.
SB 5.2.13 Mi querido amigo, ¿qué comes para mantener el cuerpo? Como estás mascando betel, de tu boca emana un aroma muy agradable. Ésa es la prueba de que siempre comes los remanentes del alimento que se ofrece a Viṣṇu. Sin duda, tú también debes de ser una expansión del cuerpo del Señor Viṣṇu. Tu cara es tan hermosa como un hermoso lago. Tus aretes enjoyados tienen la forma de dos tiburones con ojos que no parpadean; son como los de Viṣṇu, y tus propios ojos parecen dos peces inquietos. De modo que en el lago de tu cara nadan al mismo tiempo dos tiburones y dos peces inquietos. Además, las blancas hileras de tus dientes parecen filas de cisnes muy hermosos sobre el agua; tus cabellos sueltos son como enjambres de abejorros que persiguen la belleza de tu rostro.
SB 5.2.14 Mi mente ya está perturbada, y tú, que juegas con una pelota haciéndola botar de un lado a otro con la palma de loto de tu mano, estás agitando también mis ojos. Tus negros cabellos rizados se han soltado, pero no te preocupas de arreglarlos. ¿No te los vas a recoger? Como un hombre apegado a las mujeres, el muy astuto viento trata de quitarte la prenda que cubre la parte inferior de tu cuerpo. ¿Es que no te importa?
SB 5.2.15 ¡Oh, tú, el mejor entre los que ejecutan austeridades! ¿Dónde obtuviste esa maravillosa belleza, que echa por tierra las austeridades ejecutadas por otros? ¿Dónde has aprendido ese arte? ¿Qué austeridad has hecho para obtener esa belleza, mi querido amigo? Deseo que te unas a mí para que nos dediquemos juntos a la penitencia y la austeridad, pues podría ser que el creador del universo, el Señor Brahmā, complacido conmigo, te hubiera enviado para que seas mi esposa.
SB 5.2.16 El Señor Brahmā, a quien adoran los brāhmaṇas, ha tenido la gran misericordia de enviarte a mi lado; por eso me he encontrado contigo. No deseo abandonar tu compañía, pues mi mente y mis ojos están fijos en ti, y no puedo apartarlos de ti. ¡Oh, mujer de hermosos y erguidos senos!, te seguiré a donde quieras llevarme; tus amigas pueden venir también conmigo.
SB 5.2.17 Śukadeva Gosvāmī continuó: Mahārāja Āgnīdhra, que tenía la inteligencia de los semidioses, conocía el arte de adular a las mujeres para ponerlas de su parte. De ese modo complació a aquella muchacha celestial con sus lujuriosas palabras y conquistó su favor.
SB 5.2.18 Atraída por la inteligencia, la erudición, la juventud, la belleza, el comportamiento, la opulencia y la magnanimidad de Āgnīdhra, rey de Jambūdvīpa y señor de todos los héroes, Pūrvacitti vivió con él durante muchos miles de años y disfrutó en forma fastuosa de los placeres terrenales y celestiales.
SB 5.2.19 Mahārāja Āgnīdhra, el mejor de los reyes, engendró nueve hijos en el vientre de Pūrvacitti. Sus nombres fueron: Nābhi, Kiṁpuruṣa, Harivarṣa, Ilāvṛta, Ramyaka, Hiraṇmaya, Kuru, Bhadrāśva y Ketumāla.
SB 5.2.20 Pūrvacitti trajo al mundo nueve hijos, uno cada año; pero cuando hubieron crecido, regresó de nuevo al lugar en que vive el Señor Brahmā para adorarle, dejando a sus hijos en el hogar.
SB 5.2.21 Los nueve hijos de Āgnīdhra se criaron bebiendo la leche de su madre, y debido a ello, estaban dotados por naturaleza de cuerpos fuertes y bien formados. Cada uno de ellos recibió de su padre un reino en una parte distinta de Jambūdvīpa, y cada uno de esos reinos recibió el nombre del hijo que lo gobernaba. De este modo gobernaron los hijos de Āgnīdhra los reinos que su padre les entregó.
SB 5.2.22 Tras la partida de Pūrvacitti, el rey Āgnīdhra, como no podía satisfacer en absoluto sus deseos de disfrute, siempre pensaba en ella. Por esa razón, y de conformidad con lo establecido en las Escrituras védicas, el rey, cuando murió, se elevó al planeta en que vivía su celestial esposa. Ese planeta, que recibe el nombre de Pitṛloka, es el lugar en que viven los pitās, los antepasados, rodeados de placer.
SB 5.2.23 Tras la partida de su padre, los nueve hermanos se casaron con las nueve hijas de Meru, que se llamaban Merudevī, Pratirūpā, Ugradaṁṣṭrī, Latā, Ramyā, Śyāmā, Nārī, Bhadrā y Devavīti.